<?xml version="1.0" encoding="utf-8"?><rss version="2.0"><channel><title>Squizophrenia</title><link>http://www.squizophrenia.net/</link><language>es</language><description>Diario personal de una persona que esta sufriendo cambios increibles en su cuerpo y su mente. Una novela online acerca del apocalipsis final.</description><generator>www.squizophrenia.net</generator><item><title>Me alimento de su cuerpo | Día 46 – 19:30 P.M.</title><link>http://www.squizophrenia.net/entrada-num-79.html</link><comments>http://www.squizophrenia.net/entrada-num-79.html</comments><pubDate>2008-08-06 19:13:19</pubDate><category>Cayendo al foso</category><guid>http://www.squizophrenia.net/entrada-num-79.html</guid><description><![CDATA[<p>Los ladridos me hacen volver a la realidad. Tumbado en el suelo del cuarto de baño, completamente desnudo y con un charco de agua bajo mi cuerpo, abro los ojos con desprecio y examino al maldito animal que gruñe y enseña sus afilados colmillos desde la puerta. Apoyo las palmas de las manos sobre el suelo, y me pongo en pie lentamente. Sonrío, e inmediatamente un lastimoso quejido surge del arrugado hocico del Bull Terrier, que comienza a retroceder asustado hasta desaparecer de mi campo de visión entre ahogados ladridos.</p>
<p>Camino hasta situarme frente al espejo. Con indiferencia, observo el cuerpo reflejado en la cristalina superficie. Un reguero de sangre seca cubre la mitad derecha de mi cabeza, originado sin duda en la fea herida de la frente. Deslizo los dedos de mi mano izquierda por el vientre, acariciando el extraño trozo de piel blanquecina que comienza a sellar el ombligo, desdibujando así la única parte de mi cuerpo que podría recordarme que un día nací de un materno vientre. Observo la musculatura, congestionada y abultada, sin necesidad de largas sesiones de entrenamiento en un vulgar gimnasio. Observo mis ojos, convertidos en una miríada de pequeños hilos rojos que transforman la mirada en dos sangrientos puntos acres, atravesados en su vertical por dos estrechas franjas negras que otorgan al conjunto un aterrador efecto.</p> 
<p>La sed me embarga. Con un agrio sabor humano en la boca, escupo hacia el espejo inundando la superficie de pequeñas motas de sangre, mientras en su reflejo una sonrisa muestra dos afilados dientes caninos que apenas unas horas antes poseían mucho menor tamaño. Con la sonrisa aún dibujada en el rostro, doy media vuelta y dirijo mis pasos hasta el comedor, acechando con la mirada cualquier rincón en busca de esas pequeñas y peludas patas blancas:</p>
<p class="dial">-	Perrito… ¿Dónde estás? – brama mi voz, rompiendo un silencio que parece haberse cernido sobre el mundo entero.</p>
<p>Me siento sobre el sofá, agotado por el esfuerzo. El hambre castiga la parte menos humana de mi cuerpo, debilitando enormemente el frágil organismo en el que me hallo recluido. Coloco las manos sobre el rostro, y arqueo la espalda hasta apoyar los codos de mis brazos sobre los muslos que descansan en el asiento. Y comienzo a llorar, a emitir escalofriantes gemidos, con la sonrisa presa por las palmas que cubren unos amenazantes colmillos.</p>
<p><a href="http://www.flickr.com/photos/salaboli/2472538359/" target="_blank"><img src="http://www.squizophrenia.net/Photo/ladridos.jpg" alt="Unos amenazantes colmillos..."/></a></p>
<p>Percibo sus movimientos. Siento como sus arcaicos pensamientos navegan por su mente, debatiendo su pequeño intelecto en un difícil conflicto. Puedo escuchar su entrecortada respiración; puedo sentir como la domina el afecto. Lloro, lloro enrabiado con inexistentes lágrimas, gimiendo como lo haría un desgraciado ser humano.</p>
<p>Escucho sus pasos.</p>
<p>Con el rostro hundido entre las manos, permanezco absorto en mi llanto. El Bull Terrier se acerca, receloso, y se coloca frente a mí, intentando captar la atención de su amo con la pequeña y fría nariz empujando suavemente mis manos. Con un agudo bufido, estiro el brazo derecho y me aferro despiadadamente a su garganta, inmovilizando la peligrosa cabeza del animal entre mis dedos. Me levanto del sofá con una sonrisa, alzando al animal con el mismo esfuerzo que supondría alzar la pluma de una diminuta ave. Observo los aterrados ojos, conscientes del error que han cometido, mientras un delgado hilo de orina cae al suelo formando un pequeño charco. Observo la potente mandíbula, buscando a ciegas un trozo de carne que libere su cuello. Observo las poderosas patas, debatiéndose en el aire en busca de cualquier punto de apoyo. Disfruto de su agonía, percibiendo el rumor de la sangre saturando sus órganos internos. Y aprieto, estrujo mis dedos vigorosamente hasta que un sonoro chasquido pone punto y final a su tormento.</p>
<p>Lanzo el animal inerte al suelo.</p>]]></description></item><item><title>Caigo, apenas consciente de ello | Día 46 – 13:16 P.M.</title><link>http://www.squizophrenia.net/entrada-num-78.html</link><comments>http://www.squizophrenia.net/entrada-num-78.html</comments><pubDate>2008-08-05 19:56:24</pubDate><category>Cayendo al foso</category><guid>http://www.squizophrenia.net/entrada-num-78.html</guid><description><![CDATA[<p>39,3 grados centígrados en mi interior.</p>
<p>Tumbado sobre la cama, la conciencia golpea mi mente con violencia, provocando una gran convulsión que contorsiona mi cuerpo y aprisiona el aire de mis pulmones. De la misma forma que un ahogado lucha por respirar cada vez que consigue emerger de las turbulentas aguas que lo dominan, vuelvo a la realidad con una sonora inhalación de aire que yergue mi cuerpo como si se tratase de un mecánico resorte.</p>
<p>Estoy mareado. Confundido. Exhausto y a su vez, aterrorizado. Me siento como si La Tierra hubiese comenzado a girar a gran velocidad y la fuerza de la gravedad, del mismo modo, hubiese aumentado proporcionalmente, oprimiéndome el cerebro y el corazón. Con torpes gestos, intento ponerme en pie mientras siento como un sofocante fuego recorre mi interior, derramándose por cada poro de mi piel. Aturdido, miro a mi alrededor intentado encajar mi vida en el mundo desenfocado que me rodea.</p>
<p>Con paso tembloroso, me dirijo al cuarto de baño. Antes de entrar, mi desquiciada cabeza me regala la imagen mental de un gigantesco insecto esperando su merienda al otro lado de la puerta, para después ofrecerme una doble versión de terror espectral con la forma de dos demoníacas niñas que anhelan jugar con su papá al juego de la muerte. Incapacitado ya ante cualquier humana reacción, me adentro en el baño con los ojos entornados, en un inútil intento de evadirme de sus horripilantes e imaginarios inquilinos.</p>
<p>Todo parece normal. Mis ojos lanzan miradas acechadoras a todo cuanto permanece en la estancia, buscando el menor atisbo de movimiento que convierta en realidad mis maléficas visiones. Más tranquilo, me coloco frente a la taza y vacío mi castigada vejiga de su amarillento contenido, evitando contemplar la rugosa superficie de piel pálida que recubre mi vientre. Giro la maneta del grifo de la bañera. Un chorro de agua transparente comienza a chocar violentamente contra la blanca cerámica.</p>
<p>Bajo una cascada de agua, ajusto la temperatura hasta sentir como el frío líquido comienza a atenuar el fuego que abrasa mi cuerpo, imaginando por un instante que lucho contra un incendio que puede apagarse. Con los músculos contraídos y la piel de gallina, disfruto brevemente de la dulce sensación de alivio que me ofrece el refrescante elemento, imaginando nuevamente que el horrible fuego me abandona y desaparece por el desagüe para siempre.</p>
<p>Un brutal pinchazo en el vientre flexiona peligrosamente mis piernas hacia delante. Con un gesto protector, me llevo las manos al abdomen mientras intento examinar la zona con los ojos anegados por cientos de minúsculas gotas de agua que se resisten a desprenderse. Otro pinchazo provoca un fugaz gemido de mi garganta, cuando percibo como la piel de mi vientre parece abultarse formando pequeños granos que se inflan y desinflan animados con vida propia. Con la vista fija en tan enloquecedora visión, con la mente huyendo de tan insinuante tormento, mi cerebro es incapaz de asimilar que los latentes granos comienzan a estallar uno tras otro, mientras de su interior cientos de minúsculas y sombrías arañas se abren camino deslizándose por todo mi cuerpo, invadiendo mis piernas y mi pecho con esas pequeñas patitas que mueven exasperadas buscando alimento. Desesperado, paralizado, sintiendo como el corazón se detiene en mi pecho y una enorme roca gris ocupa el lugar de mi laringe, el pánico me posee y comienzo a sacudir mis extremidades enfurecidamente, observando el incesante surgir de esos negros bichos por mi vientre. Un último pinchazo doblega todo mi ser, en el mismo momento que uno de mis pies resbala sobre la húmeda superficie cerámica y me hace perder el equilibrio.</p>]]></description></item><item><title>Me duermo entre gruñidos | Día 46 – 00:36 A.M.</title><link>http://www.squizophrenia.net/entrada-num-77.html</link><comments>http://www.squizophrenia.net/entrada-num-77.html</comments><pubDate>2008-08-04 15:18:22</pubDate><category>Cayendo al foso</category><guid>http://www.squizophrenia.net/entrada-num-77.html</guid><description><![CDATA[<p>Un atroz escalofrío recorre mi espalda, finalizando su recorrido en el erizado vello de mi nuca. Con la respiración agitada y el corazón latiendo apresurado, intento protegerme bajo las sábanas del solitario lecho al igual que un inocente niño asustado.</p>
<p class="phrase">(cric… cric… cric…)</p>
<p>Nuevamente ese sonido.  Algo parecido a un insecto; al rápido movimiento de cientos de retorcidas patas rascando el embaldosado suelo. Me siento aterrado. La inevitable certeza de saber que la única ocupante de mi hogar, exceptuándome a mí mismo, se encuentra tumbada a mi lado, me provoca el más desquiciante terror. Aferro con más fuerza la tela que aprietan mis puños, en un imaginario intento de evitar ser destapado por algún tipo de criatura salida de la más febril pesadilla.</p>
<p class="phrase">(Cric… Cric… Cric…)</p>
<p>Dios mío, está muy cerca. Me estremezco de miedo, apretando fuertemente los párpados mientras el pulso late desbocado. Al borde de la locura, intento aplicar una lógica que me permita vencer la angustia, implorando a mis abrasadas neuronas que encuentren un solo motivo que explique tan inquietante situación, sin llevarme por el camino de supersticiosas especulaciones. De nada sirven ya los firmes conocimientos adquiridos en mi etapa de estudiante, cuando la vida era una bonita cortina de felicidad. De nada sirve conocer las bases de la física, la lógica de las matemáticas o las irrefutables leyes de la química, cuando tu vida se desmorona y, en la soledad de un hogar vacío, <i>algo</i> no deja de emitir un espeluznante murmullo.</p>
<p>El Bull Terrier, nervioso, mueve sus puntiagudas orejas en todas direcciones con la mirada clavada en la puerta de la habitación. Estiro un brazo, dejando expuesta la extremidad a la más negra oscuridad. Palpo con la mano la mesita de noche, buscando a ciegas el interruptor de la lámpara. Lo rozo. Aprieto con los dedos el botón, y percibo a través de la tela como el dormitorio se inunda de luz. Deslizo las sábanas con cautela, mostrando lentamente mi cabeza al exterior.</p>
<p>Observo a la perra. Me mira, consternada, mientras dirige rápidas ojeadas en dirección a la puerta. Y comienzo a comprender, a percibir con espeluznante certeza que no es mi mente la causante de tan desalentadora turbación. Que no soy el único que escucha esos sonidos a mi alrededor.</p>
<p class="phrase">(plac… plac… plac… plac…)</p>
<p>El receptor de audio comienza a emitir una suerte de pequeños golpes, sin duda originados en <i>(la cama)</i> algún lugar del dormitorio de las pequeñas. El Bull Terrier, completamente desquiciado, comienza a gruñir amenazador al brillante punto verde del aparato receptor que, mediante intermitentes fogonazos de luz, reproduce fielmente cualquier sonido captado en su lado emisor. Aterido, en un instintivo gesto de cobardía y temor, extraigo varias cápsulas del cajón de la mesita y las introduzco en mi boca, deseando con religioso fervor que el medicamento haga efecto de inmediato. Desarmado por el dolor, dominado por el miedo, ni siquiera intento salir corriendo de la casa, con los pantalones a medio poner y el cabello alborotado. La abrumadora certeza de saber que no servirá de nada paraliza mi cuerpo.</p>
<p><a href="http://www.flickr.com/photos/raulfenix/333202858/" target="_blank"><img src="http://www.squizophrenia.net/Photo/demonio_noche.jpg" alt="Me dejo llevar..."/></a></p>
<p>Los sonidos cesan.</p>
<p>Con las amargas pastillas deshaciéndose sobre mi lengua, escucho con alarmante inquietud. El silencio retorna al hogar. Con un gesto de desaprobación, termino de tragar los restos de medicamento que han dejado en mi boca un agrio sabor. Intento tranquilizar a mi desasosegada mascota, acariciando el erguido pelo que todavía se encara al aire en su lomo. Rendido, con la fiebre consumiendo mi cuerpo y la garganta reseca y ardiente, me derrumbo sobre el colchón y cierro los ojos.</p>
<p>Mi mente comienza a caer derrotada. La luz, la tranquilizadora y reconfortante luz, comienza a oscurecerse a su paso por mis párpados. Me dejo llevar, sumiéndome en un estado que permanece en algún lugar entre el sueño y la inconsciencia. La realidad se aleja, y un sonido semejante a una débil risa de niña susurra a través de mis tímpanos como si fuera parte de una diabólica despedida.</p>]]></description></item><item><title>La acaricio sumido en llanto | Día 45 – 08:40 P.M.</title><link>http://www.squizophrenia.net/entrada-num-76.html</link><comments>http://www.squizophrenia.net/entrada-num-76.html</comments><pubDate>2008-07-31 14:57:36</pubDate><category>Cayendo al foso</category><guid>http://www.squizophrenia.net/entrada-num-76.html</guid><description><![CDATA[<p>Despierto sobresaltado, con la mejilla entumecida por el frío contacto del reluciente mármol que cubre toda la superficie del dormitorio. Encogido sobre el suelo, desnudo y aturdido, dirijo mis apenados ojos hacia el espacio vacío que gobierna sobre la cama. Las sábanas, revueltas y arrugadas, reviven en mi mente la horrorosa visión de una brutal pesadilla. El teléfono suena desde algún lejano lugar.</p>
<p>Me pongo en pie. Malherido en los más profundo, cubro mis piernas con el pantalón que yace olvidado a mis pies, y me dirijo al comedor. Mi conciencia, rebosante de dolor, dirige mis pasos hasta colocarme frente al sonoro aparato telefónico que grita y grita reclamando atención:</p>
<p class="dial">-	¿Diga? – mi voz quebrada, escapando por mis labios.<br />-	¿Qué has hecho con mi hermana, hijo de puta? ¿Cómo te atreves? – una voz atronadora, gritando al otro lado.<br />-	Yo… Lo siento. Lo siento mucho. Estoy enfermo y…<br />-	¿Estás enfermo? ¿De verdad? Por supuesto que estás enfermo. Estás loco, maldito cerdo. ¿Cómo has podido hacerle eso? ¿Y tus hijas? ¿También lo harás con tus hijas, maldito cabrón?</p>
<p>La débil esperanza que mi cerebro albergaba por escuchar la voz de mi herida mujer, comienza a dar paso a un odio sin destino prefijado.</p>
<p class="dial">-	Mis hijas. No metas a mis hijas en tu sucia boca. No lo hagas – respondo, luchando por mantener un tono de voz que pierde a pasos agigantados mi completo control.<br />-	Vaya. Papá está preocupado. Que bonito. Escúchame, cerdo. Ellas se quedan aquí este fin de semana, por el momento. Reza para que tu mujer no te denuncie o algo mucho peor. Por mi parte, nos veremos pronto. Ya lo creo que nos veremos, hijo de puta.</p>
<p>La comunicación se corta, dejando mi reprimido corazón latiendo al ritmo de los intermitentes pitidos de la línea telefónica.</p>
<p>Me siento sobre el sofá, el fiel compañero que nunca declina su intención de ofrecerme descanso. Enciendo un cigarrillo, apenas consciente de los dedos que friccionan la áspera y blanquecina piel que cubre ya un tercio de mi vientre. La pena atormenta mis neuronas, al mismo tiempo que una enorme soga parece oprimir mi garganta. Mis ojos se enrojecen, y un suspiro emerge desde lo más profundo de mi afligida soledad. Y comienzo a llorar; a llorar como un niño perdido entre la indiferente multitud.</p>
<p>Un pequeño gemido se deja oír bajo mis pies. El Bull Terrier, consternado, se sienta frente a mí en el suelo empujando con su hocico mis inertes piernas. Me mira, con su canina versión de un rostro preocupado, dejando escapar quejumbrosos sonidos por su afilada boca. La manoseo suavemente en el lomo, mientras la perra observa expectante los ojos vidriosos de su afligido amo. La acaricio. Siento el suave pelaje bajo mi mano. Percibo el dulce calor de su piel recorriendo mis dedos.</p>]]></description></item><item><title>Sintiendo el más desquiciante dolor | Día 44 – 22:56 P.M.</title><link>http://www.squizophrenia.net/entrada-num-75.html</link><comments>http://www.squizophrenia.net/entrada-num-75.html</comments><pubDate>2008-07-29 14:54:22</pubDate><category>Cayendo al foso</category><guid>http://www.squizophrenia.net/entrada-num-75.html</guid><description><![CDATA[<p>39,0 grados centígrados en mi interior.</p>
<p>Tumbado sobre la cama, mis manos van pasando mecánicamente las páginas del libro que descansa sobre mi pecho. Las letras impresas parecen bailar ante mi vista, mientras mis entornados ojos intentan enfocar las borrosas palabras que parecen jugar al escondite con mi cerebro. El calor me abrasa, al tiempo que una inflexible inquietud se apodera de mi cuerpo, tensando mi musculatura y acelerando el ritmo de mi pulso.</p>
<p class="dial">-	¿Qué te pasa? – pregunta mi mujer, de repente, desde el otro lado de la cama.<br />-	Nada. No me pasa nada.<br />-	¿Me engañas? ¿Es eso? ¿Me estás engañando con otra mujer? – me dice, sorpresivamente aumentando el tono de voz de la misma manera que lo hace el brillo de sus ojos.</p>
<p>La miro. Observo su erguido cuerpo, su enfurecida y amenazante mirada. Y sonrío, apenado en lo más profundo de mi ser; complacido ante tan previsible muestra de debilidad humana.</p>
<p class="dial">-	No me pasa nada. Déjame dormir – contesto, sintiendo como un horrible fuego se apodera de mis mejillas.<br />-	No. Tenemos que hablar. Esto no puede seguir así. ¿Estás con alguna guarra, verdad?<br />-	No.<br />-	Sí. Estás muy raro. Algo te pasa. Estás callado… Estás toda la semana solo en casa… ¡Me estás engañando, maldito cabrón! – grita, en un arrebato de ira que hace emerger varias lágrimas en sus vidriosos ojos.<br />-	No. Déjame dormir. No tengo ganas de…<br />-	Tienes ganas de follártela, ¿verdad? Es eso. Estás todo el día pensando en ella. ¿Quién es? ¿Esa cocinera que dices que es tan guapa? ¿Es ella? Eres un cerdo, ¿cómo has…</p>
<p>Los latidos de mi corazón se aceleran. Los sonidos de su voz comienzan a alejarse, como los gritos de despedida de los ocupantes de un tren que ya abandona una gris estación. Un insoportable calor comienza a abrasar mis ojos, al mismo tiempo que una explosión de dolor invade todo mi cuerpo. Una tormenta de sentimientos comienza a descargarse sobre mi mente.</p>
<p class="dial">-	…has podido hacernos eso? ¿Cómo eres capaz de algo así? ¡Me das asco!, ¿me oyes? ¡Me das asco!</p>
<p>Las bombillas de las pequeñas lámparas de noche se apagan de repente, dejando la habitación sumida en la más absoluta oscuridad. Los ruidos, procedentes de unas pequeñas patas caninas, se atenúan hasta enmudecer, interrumpiendo brevemente el silencio que se apodera del hogar. Las sombras, más negras que la propia oscuridad, comienzan a fluir sobre mi cuerpo, en un virulento torbellino que me transporta fuera de la realidad. Las pupilas se afilan. La musculatura se contrae. Mi alma me abandona y el más maligno odio se adentra en mi ser.</p>
<p class="dial">-	¿Qué pasa ahora? ¿Qué estás hacien…</p>
<p>Con inhumanos movimientos, me apodero del cuerpo de mi mujer. Me coloco sobre ella, apresando su cuerpo entre mis dedos con la misma eficacia que las garras de un fiero animal.  Aprieto su rostro con una mano, forzando un silencio que debe prevalecer. Sonrío, sonrío mientras mi otra mano desgarra su ropa interior, dejando al descubierto su más íntima feminidad. Y escucho ese sonido, una voz que ruge desde mi garganta como salida de alguna tenebrosa criatura que no tiene cabida en ningún lugar:</p>
<p class="dial">-	¿Lo quieres, puta? ¿Lo quieres? ¡Lo tendrás! – dice la voz que emerge de mis cuerdas vocales, sonando como mil voces gritando sin cesar.</p>
<p>La penetro. Con brutales convulsiones, me adentro en su intimidad, desgarrando su frágil sexo. Invadiendo su más protegida debilidad. Me introduzco en su cuerpo, en total ausencia de compasión. Sus gritos resuenan ahogados entre llantos de dolor. Las incesantes sacudidas repelen todo acto de amor, mientras percibo su miedo, su total aversión, a través de la mirada ausente que refleja en su rostro la sorpresa de la más impensable turbación. Sonrío, sonrío plácidamente, y eyaculo en su interior, sintiendo como los fluidos se funden con su desgarrado calor. Las sombras se desvanecen como la niebla iluminada por el Sol.</p>
<p>Me lanzo al suelo, perturbado ante la situación. Su llanto se acrecienta, mezclando ahora breves palabras que devastan cualquier resto de amor. Me grita, derrumbada sobre la cama, mientras permanezco arrodillado en el suelo, asimilando tan inquietante actuación. Escucho su apenada voz, siento su total humillación, al mismo tiempo que concibo con certeza plena que la locura ya no forma parte de mi dolor. Las lámparas se encienden nuevamente, iluminando la triste escena como si fuesen conocedoras de algún suceso revelador.</p>
<p>Se levanta del lecho, dirigiéndome una mirada que rebosa odio y temor en la misma medida. Comienza a coger, entre suspiros y llantos que bañan su rostro en lágrimas, varias prendas de ropa del interior del armario de la habitación. Después, sin ninguna vacilación, desaparece por la puerta dejando a su paso el estampido de la madera chocando violentamente contra el marco que sirve a su vez de sujeción. Se marcha, dejando mi atormentada alma a la deriva en un mar de confusión. Dejando mi vida en manos de la más absoluta consternación.</p>
<p>Grito, enojado hasta la extenuación, anhelando por vez primera a un Dios que hace mucho tiempo ya, me abandonó.</p>]]></description></item><item><title>Mi aterradora realidad | Día 44 – 10:13 P.M.</title><link>http://www.squizophrenia.net/entrada-num-74.html</link><comments>http://www.squizophrenia.net/entrada-num-74.html</comments><pubDate>2008-07-28 15:08:48</pubDate><category>Cayendo al foso</category><guid>http://www.squizophrenia.net/entrada-num-74.html</guid><description><![CDATA[<p>Aplasto el consumido cigarrillo sobre el cenicero que descansa en la mesa de la sala de estar. Sentado en el castigado sofá, con la mirada completamente ausente, intento encontrar una puerta de salida en el interior de mi aturdida mente. Una terrible sensación de gravedad me atormenta, se apodera de mí y me hace percibir una realidad que no consigo aceptar.</p>
<p>Me siento inmerso en una pesadilla, en una película de terror en la cual me he convertido en protagonista. Y sin embargo, la racionalidad me aplasta, derrumba los tambaleantes cimientos de mi ilógica mental, argumentando con tercos pensamientos que nada es real; que todo forma parte de una extraña enfermedad. Mis pensamientos fluyen en dirección opuesta a la verdad, del mismo modo que el más profundo pavor se alimenta de mi realidad.</p>
<p>Mi realidad, que se tambalea sin poderlo remediar a causa del calor que consume mi cuerpo. A causa de las punzadas de lacerante dolor, que hace días conquistaron toda mi cavidad bucal. Del sarpullido de mi vientre, que poco a poco adquiere un color blanquecino, y que se extiende en silencio por toda la superficie abdominal. De esas oscuras sombras que creo percibir, mientras mis ojos se consumen en llamas y mi cuerpo es dominado por algo ajeno a mí. Mi realidad, tan innegable para mis neuronas como los restos de ceniza del cigarrillo que acabo de consumir.</p>
<p><a href="http://www.flickr.com/photos/nfazzioli/158710420/" target="_blank"><img src="http://www.squizophrenia.net/Photo/poseido.jpg" alt="Me arrastra, me domina"/></a></p>
<p>Mi pequeña. Mi niña, que hace dos noches lloraba muerta de temor, implorando la presencia de su protectora madre. “<i>La cama da golpes, mamá</i>”. Sus palabras resuenan turbadoras en mis oídos, del mismo modo que los latidos de mi cansado corazón. Traspasan las barreras de mi raciocinio, y devastan las sólidas bases de mi entendimiento. “<i>La cama da golpes, mamá</i>”. La escucho, vuelvo a oír su quebrada voz, y siento el más sobrehumano temor, la más desquiciante angustia. Me arrastra, me domina implacablemente desde mi más profunda intimidad. Me debilita, me abruma, me hace renunciar poco a poco a toda capacidad de repulsión.</p>
<p>Mi dulce pequeña. Mi pequeño amor.</p>]]></description></item><item><title>(La cama da golpes, mamá) | Día 43 – 03:06 A.M.</title><link>http://www.squizophrenia.net/entrada-num-73.html</link><comments>http://www.squizophrenia.net/entrada-num-73.html</comments><pubDate>2008-07-24 14:49:50</pubDate><category>Cayendo al foso</category><guid>http://www.squizophrenia.net/entrada-num-73.html</guid><description><![CDATA[<p>38,7 grados en mi interior.</p>
<p>Está creciendo. Mientras palpo con dedos inquisidores el abultado sarpullido de mi vientre, advierto que está aumentando de tamaño. Mi dedo índice, que apenas unas pocas horas antes cubría con su yema toda la superficie de tan extraña protuberancia dermatológica, se desliza ahora de izquierda a derecha, marcando un recorrido excesivamente prolongado que provoca en mi cabeza el más profundo temor. Una cucaracha, pienso, tiene el tamaño de una maldita cucaracha.</p>
<p>Me incorporo sobre la cama, embargado por la oscuridad que se adueña de la habitación. Retiro bruscamente la mano de mi vientre, asustado ante tan turbador descubrimiento y me pongo en pie. Cabizbajo, dirijo mis pasos hacia el cuarto de baño. Inquieto, atormentado en mi interior, agarro un cigarrillo del paquete de tabaco que descansa inerte sobre el mármol del lavabo y observo como la mano que sujeta el encendedor tiembla levemente mientras la llama oscila vacilante. Aspiro una profunda calada y siento como una enorme bola de humo se desliza por mi garganta directamente hacia lo más profundo de mis pulmones. Una sonrisa aparece en mi demacrado rostro.</p>
<p class="dial">- ¡Mamá, mamá! – un grito sollozante invade de repente el silencio de nuestro hogar, formando un extraño eco cuando el transmisor de audio reproduce el mismo sonido desde la habitación de matrimonio.</p>
<p>Mi hija mayor llora y grita, llamando con inusual fervor a su durmiente madre. Sentado sobre la taza del retrete, escucho como mi mujer se levanta apresurada y se dirige velozmente hacia la habitación de mis pequeñas. La veo pasar a través del resquicio de la puerta; rauda y servicial al servicio de sus criaturas. Escucho una puerta abrirse. Escucho su voz:</p>
<p class="dial">-	¿Qué pasa, cariño?<br />-	Tengo miedo, mamá – dice la pequeña, entre sollozos.<br />-	Mamá está aquí, cariño. ¿Has tenido un sueño? – contesta su madre, con una dulce voz.<br />-	No mamá. Me da miedo.<br />-	¿Qué te da miedo? ¿Qué te pasa, cielo?<br />-	Da golpes, mamá. No me deja dormir.<br />-	¿Qué da golpes, cariño? ¿Te has caído de la cama?<br />-	La cama, mamá. La cama da golpes – contesta la pequeña, entre sollozos ahogados que resuenan por su pequeña nariz.<br />-	Has tenido un sueño, cariño. Ha sido un sueño. Duérmete, que despertarás a tu hermanita. Mamá se queda aquí…</p>
<p>Nuevamente, el silencio se adueña del frío hogar. Termino el cigarrillo y lo lanzo por el retrete, al tiempo que abro la cisterna a su vez. Y mientras observo el remolino de agua desvanecerse por la cañería, una espontánea reacción de mi mente eriza el vello de todo mi cuerpo. Locura, me repito a mí mismo, mientras mi cabeza comienza a revivir borrosas escenas de la película de <a href="http://www.youtube.com/watch?v=kpPwC7QRvFQ" target="_blank" title="Escenas de la pelicula">El Exorcista</a>. Simplemente estoy volviéndome loco, pienso, con la garganta apresada por un invisible nudo que me corta la respiración.</p>
<p>Con inquieta cautela, me dirijo el dormitorio de las inocentes niñas, y permanezco apoyado sobre la puerta de entrada a la habitación. Observo a mi mujer, arrodillada frente a una de las camas, sujetando con maternal paciencia la mano de mi pequeña más mayor. Cruzo los brazos sobre mi pecho, con el vello todavía erizado alimentando mi terror.</p>]]></description></item><item><title>Los ladridos se tornan enloquecedores | Día 42 – 13:25 P.M.</title><link>http://www.squizophrenia.net/entrada-num-72.html</link><comments>http://www.squizophrenia.net/entrada-num-72.html</comments><pubDate>2008-07-23 15:31:17</pubDate><category>Cayendo al foso</category><guid>http://www.squizophrenia.net/entrada-num-72.html</guid><description><![CDATA[<p>Locura.</p>
<p>Sentado en el sofá del comedor, apuro un cigarrillo tras otro mientras, sumido en aterradores pensamientos, los dedos de mi mano derecha recorren involuntariamente la pequeña erupción dermatológica de mi vientre. Con la vista fija al frente, en completa soledad, delibero mentalmente acerca de los vertiginosos cambios que se están sucediendo en mi vida, en mi cuerpo. En mi interior.</p>
<p>Mi teléfono móvil suena en algún lugar del piso. Apenas consciente de la realidad, ignoro la llamada, perturbado ante la dramática progresión de acontecimientos que se suceden día a día. Locura, quizá sea eso, me digo a mí mismo en tono burlón:</p>
<p class="dream">“Sí, simplemente, me estoy volviendo loco. Un fallo en mi cerebro. Nada más que eso. Un simple y vulgar fallo en alguna zona de mi cerebro. Un jodido loco más de este jodido mundo. ¿Verdad? Sí, seguramente. ¿O no? Oh, mierda, no puede ser. Tengo que estar loco. Dios mío, tiene que ser locura…”</p>
<p>La ceniza del cigarrillo cae sobre mis piernas, dejando una mancha grisácea sobre mis pantalones. Ausente, ensimismado, ni siquiera caigo en la cuenta de que los enajenados pensamientos comienzan a reproducirse en voz alta a través de mi dolorida boca:</p>
<p class="dream">“Aquel accidente de motocicleta. Mierda, algo me sucedió en aquel accidente. Me abrí la cabeza en canal. Sí, me la abrí en canal. Seguro que ocurrió en aquel accidente. Me destrocé el cerebro, y ahora vivo las consecuencias… ¿no? Sí, tiene que ser así. El accidente me dejó tirado sobre aquella montaña.  Sí, casi muerto y con la cabeza abierta. Una invitación gratuita de entrada a mi cerebro para los insectos. Joder, vaya que sí. Aquel médico que me operó sacó insectos de mi cerebro. Restos de tierra, de sangre, y de insectos. Habló con ella: está vivo, señora, pero probablemente sufrirá secuelas graves… Claro que sí, secuelas. No son más que secuelas del accidente, seguro. Secuelas que me provocan dolor en la jodida boca, ¿no? Claro, brillante respuesta. Secuelas que hacen crecer mis colmillos. Sí, seguro, y que hacen que muerda a una puta en la boca para beber su sangre. Está clarísimo, chico, ¿cómo no lo has adivinado antes? Simplemente, son secuelas…”</p>
<p>El Bull Terrier, escondido en algún lugar del piso, comienza a gruñir.</p>
<p class="dream">“Escucho ruidos. Está bien. Los locos suelen hacer esas cosas. Escuchan voces que repiten una y otra vez la palabra Mabus con el infierno como música de fondo. Está muy claro. También presienten accidentes de tráfico en los que tendrían que morir, y lógicamente, se sienten aliviados cuando la muerte pasa de largo. Porque están locos, ¿verdad? Claro, todo es simple y divina locura. Todo son secuelas. Las sombras que veo son secuelas. Odio a mi mujer. Mi madre llora al escucharme y también la odio. Son secuelas. Nada más que simples y graves secuelas post-accidente. Mis hijas se transforman en repugnantes criaturas ante mis ojos pero ¡eh!, no ocurre nada malo, son secuelas…”</p>
<p>Sentado sobre el sofá, con el cigarrillo ya consumido todavía entre mis dedos, permanezco en silencio nuevamente. El ardor, el terrible fuego, comienza a abrasar mis cerrados ojos. Abro los párpados, dejando al descubierto dos afiladas retinas que se estrechan durante una fracción de segundo cuando la luz se posa tímidamente sobre las mismas. Y comienzo a sonreír, levemente al principio, transformando la contorsión de mis labios en una espantosa carcajada segundos después.</p>]]></description></item><item><title>La odio con todo mi ser | Día 42 – 03:06 A.M.</title><link>http://www.squizophrenia.net/entrada-num-71.html</link><comments>http://www.squizophrenia.net/entrada-num-71.html</comments><pubDate>2008-07-22 16:04:09</pubDate><category>Cayendo al foso</category><guid>http://www.squizophrenia.net/entrada-num-71.html</guid><description><![CDATA[<p>38,5 grados en mi interior.</p>
<p>Mi percepción de la realidad se agudiza monstruosamente. Los latidos de su corazón, susurrantes, retumban potentes en mis oídos, acompañados del débil rumor de su sangre desplazándose en el interior de su organismo. Sus pensamientos, resguardados en el interior de su antes protector cráneo, se introducen ahora en mi mente, atraídos sin duda por la desgarradora fuerza que parece cernirse sobre mí, como pequeñas minutas de hierro que son apresadas por las invisibles manos de un potente imán. Puedo sentir su vida, puedo sentir su alma, de la misma manera que puedo ver nítidamente los rojos números que muestran la hora en el maldito despertador.</p>
<p>Observo su frágil cuerpo. Escucho atento su pausada respiración y siento como la fragancia de su perfume invade la atmósfera de la habitación con su dulce aroma. En pie, frente a la cama y en total oscuridad, contemplo como mi bella esposa duerme, ajena por completo al tormento que amartilla mi mente y derrota nuestra razón. Ajena por completo al ardiente brillo de unos ojos que la miran con ausente compasión.</p>
<p><a href="http://www.flickr.com/photos/zarajay/2589312334/" target="_blank"><img src="http://www.squizophrenia.net/Photo/odio_cama.jpg" alt="Su mas humana fragilidad..."/></a></p>
<p>La acecho. Recorro con mis ojos sus femeninas formas, siento como el odio se apodera de mis emociones. Y sin embargo, la amo, siento que la amo desde lo más profundo de mi corazón, provocando en el interior de mi cabeza un conflicto de difícil comprensión. Una lucha interna que desdobla mi persona y enloquece mi cognición. Dos polos opuestos en mi mente, librando una dura batalla sin un claro vencedor.</p>
<p>Se mueve. Cambia de posición su cuerpo, emitiendo en tan vano esfuerzo un suspiro cargado de pasión. Percibo como su sencillez, su más humana fragilidad, invade mi más oscuro instinto, desafiando mi renaciente naturaleza.  Se coloca de costado, dibujando bajo las sábanas de la cama la forma de sus desnudas caderas, provocando un erecto efecto en mi entrepierna. Mis ojos se encienden.</p>
<p>La deseo.</p>
<p>La amo.</p>]]></description></item><item><title>No, no puedo morir así | Día 41 – 12:06 P.M.</title><link>http://www.squizophrenia.net/entrada-num-70.html</link><comments>http://www.squizophrenia.net/entrada-num-70.html</comments><pubDate>2008-07-21 14:46:09</pubDate><category>Cayendo al foso</category><guid>http://www.squizophrenia.net/entrada-num-70.html</guid><description><![CDATA[<p>La incertidumbre que cubre mi alma, el dolor que devora implacable mi extenuada vitalidad o el calor que abrasa mi existencia está agotando, inexorablemente, el último resquicio de sano juicio de mi mente. Mi naturaleza humana, antes jovial y dinámica, está quedando reducida a una simple muestra de la más básica supervivencia instintiva. No puedo comer. No puedo dormir. No puedo aplacar el dolor.</p>
<p class="phrase">(Quiero morir)</p>
<p>Sentado en la sala de espera de la mutua de mi empresa, intento distraer mis afligidos pensamientos con una revista que yace inmóvil sobre mi regazo. Mi concentración, antes innata y eficaz, me impide ahora hojear siquiera las páginas impresas sin que cientos de preocupaciones asalten mis neuronas distrayendo mi atención, nublando mi visión y formando minúsculas gotitas de sudor sobre mi frente.</p>
<p>Un joven auxiliar me hace pasar amablemente al único consultorio de la oficina médica, en el que una doctora de origen sudamericano, a juzgar por el acento de su voz cuando me saluda, espera sentada tras una enorme mesa rectangular de cristal blanco. Procede a retirar la venda de mi mano lesionada, y descubre asombrada que la herida, cicatrizada completamente, es apenas una ligera marca amarillenta sobre el pulgar. Tras pedirme que realice varios movimientos con el dedo, comienza a relatar complicadas teorías paramédicas que atraviesan mi cabeza sin pausa alguna en su recorrido. Un calor infernal comienza a abrasar mis ojos.</p>
<p class="phrase">(Quiero morir)</p>
<p>Terminada la inspección sanitaria, salgo del lujoso edificio que alberga las oficinas de la mutua y me dirijo, con letal lentitud, hacia el lugar donde mi coche aguarda estacionado a su maltrecho conductor. El sudor invade mi frente, al tiempo que una ligera bruma emborrona mi visión. Las calles, plagadas de ignorantes ciudadanos que confluyen entre sus quehaceres diarios, comienzan a alargarse infinitamente ante mi ánimo. Paso a paso, segundo a segundo, la oscuridad comienza a abrirse paso a través de mis retinas transformando el mundo que me rodea en un incesante ir y venir de luces y sombras. La abrumadora sensación de caer desmayado en cualquier momento se hace latente con cada inspiración de mis alquitranados pulmones. El calor, el tormentoso fuego que consume mi cuerpo, se torna insoportable.</p>
<p>Frente a mí, la luz de un semáforo cambia de tonalidad para dar paso al esperanzador color verde. Docenas de piernas, ansiosas por la impaciencia, se ponen en movimiento. Permanezco quieto, paralizado, absorto en la brillante silueta verde que resplandece iluminada. Y sonrío, sonrío amargamente, notando como una lágrima se desliza por mi mejilla surcando mi rostro, dejando tras de sí una estela salada. Percibiendo la agitada repulsión de mis neuronas, reaccionando antes de tiempo ante tan inminente suceso. Sintiendo como la realidad se ralentiza, al igual que las escenas de una película visionada a cámara lenta, cuando las sombras comienzan a cubrir el asfalto en rápida sucesión. Y lloro, lloro sonriente ante ellos, afligido en lo humano y satisfecho en lo más oscuro de mi ser.</p>
<p>El tiempo parece detenerse. Las dramáticas escenas comienzan a sucederse, una tras otra, ante mi impasible presencia, tras un ensordecedor chirrido de neumáticos. El olor de la goma abrasada por el roce de la carretera. El desquiciante, el aterrador sonido de una gran detonación metálica quebrando a su paso múltiples vidas. La horrible visión de cuerpos inertes atravesando los aires ingrávidos, como simples marionetas a voluntad de un malvado mimo. Los gritos, asombrados y aterrorizados, que se propagan por la calle como una suave brisa primaveral. La pequeña zapatilla deportiva de color rojo, que gira y gira sobre el gris pavimento, hasta quedar inmóvil bajo mis pies. La sonrisa. La sonrisa que se dibuja en mi rostro, bañado en lágrimas, mientras alzo la cabeza contemplando el frío cielo plagado de gruesas nubes y maldigo su existencia y la mía a su vez.</p>]]></description></item></channel></rss>