Squizophrenia
Crónica de una transformación
CAP. II - ENTRADA 76
Cayendo al foso
Día 45 – 08:40 P.M. | A 321 días para la transformación
Despierto sobresaltado, con la mejilla entumecida por el frío contacto del reluciente mármol que cubre toda la superficie del dormitorio. Encogido sobre el suelo, desnudo y aturdido, dirijo mis apenados ojos hacia el espacio vacío que gobierna sobre la cama. Las sábanas, revueltas y arrugadas, reviven en mi mente la horrorosa visión de una brutal pesadilla. El teléfono suena desde algún lejano lugar.
Me pongo en pie. Malherido en los más profundo, cubro mis piernas con el pantalón que yace olvidado a mis pies, y me dirijo al comedor. Mi conciencia, rebosante de dolor, dirige mis pasos hasta colocarme frente al sonoro aparato telefónico que grita y grita reclamando atención:
- ¿Diga? – mi voz quebrada, escapando por mis labios.
- ¿Qué has hecho con mi hermana, hijo de puta? ¿Cómo te atreves? – una voz atronadora, gritando al otro lado.
- Yo… Lo siento. Lo siento mucho. Estoy enfermo y…
- ¿Estás enfermo? ¿De verdad? Por supuesto que estás enfermo. Estás loco, maldito cerdo. ¿Cómo has podido hacerle eso? ¿Y tus hijas? ¿También lo harás con tus hijas, maldito cabrón?
La débil esperanza que mi cerebro albergaba por escuchar la voz de mi herida mujer, comienza a dar paso a un odio sin destino prefijado.
- Mis hijas. No metas a mis hijas en tu sucia boca. No lo hagas – respondo, luchando por mantener un tono de voz que pierde a pasos agigantados mi completo control.
- Vaya. Papá está preocupado. Que bonito. Escúchame, cerdo. Ellas se quedan aquí este fin de semana, por el momento. Reza para que tu mujer no te denuncie o algo mucho peor. Por mi parte, nos veremos pronto. Ya lo creo que nos veremos, hijo de puta.
La comunicación se corta, dejando mi reprimido corazón latiendo al ritmo de los intermitentes pitidos de la línea telefónica.
Me siento sobre el sofá, el fiel compañero que nunca declina su intención de ofrecerme descanso. Enciendo un cigarrillo, apenas consciente de los dedos que friccionan la áspera y blanquecina piel que cubre ya un tercio de mi vientre. La pena atormenta mis neuronas, al mismo tiempo que una enorme soga parece oprimir mi garganta. Mis ojos se enrojecen, y un suspiro emerge desde lo más profundo de mi afligida soledad. Y comienzo a llorar; a llorar como un niño perdido entre la indiferente multitud.
Un pequeño gemido se deja oír bajo mis pies. El Bull Terrier, consternado, se sienta frente a mí en el suelo empujando con su hocico mis inertes piernas. Me mira, con su canina versión de un rostro preocupado, dejando escapar quejumbrosos sonidos por su afilada boca. La manoseo suavemente en el lomo, mientras la perra observa expectante los ojos vidriosos de su afligido amo. La acaricio. Siento el suave pelaje bajo mi mano. Percibo el dulce calor de su piel recorriendo mis dedos.
La acaricio sumido en llanto.
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CAP. II - ENTRADA 75
Cayendo al foso
Día 44 – 22:56 P.M. | A 322 días para la transformación
39,0 grados centígrados en mi interior.
Tumbado sobre la cama, mis manos van pasando mecánicamente las páginas del libro que descansa sobre mi pecho. Las letras impresas parecen bailar ante mi vista, mientras mis entornados ojos intentan enfocar las borrosas palabras que parecen jugar al escondite con mi cerebro. El calor me abrasa, al tiempo que una inflexible inquietud se apodera de mi cuerpo, tensando mi musculatura y acelerando el ritmo de mi pulso.
- ¿Qué te pasa? – pregunta mi mujer, de repente, desde el otro lado de la cama.
- Nada. No me pasa nada.
- ¿Me engañas? ¿Es eso? ¿Me estás engañando con otra mujer? – me dice, sorpresivamente aumentando el tono de voz de la misma manera que lo hace el brillo de sus ojos.
La miro. Observo su erguido cuerpo, su enfurecida y amenazante mirada. Y sonrío, apenado en lo más profundo de mi ser; complacido ante tan previsible muestra de debilidad humana.
- No me pasa nada. Déjame dormir – contesto, sintiendo como un horrible fuego se apodera de mis mejillas.
- No. Tenemos que hablar. Esto no puede seguir así. ¿Estás con alguna guarra, verdad?
- No.
- Sí. Estás muy raro. Algo te pasa. Estás callado… Estás toda la semana solo en casa… ¡Me estás engañando, maldito cabrón! – grita, en un arrebato de ira que hace emerger varias lágrimas en sus vidriosos ojos.
- No. Déjame dormir. No tengo ganas de…
- Tienes ganas de follártela, ¿verdad? Es eso. Estás todo el día pensando en ella. ¿Quién es? ¿Esa cocinera que dices que es tan guapa? ¿Es ella? Eres un cerdo, ¿cómo has…
Los latidos de mi corazón se aceleran. Los sonidos de su voz comienzan a alejarse, como los gritos de despedida de los ocupantes de un tren que ya abandona una gris estación. Un insoportable calor comienza a abrasar mis ojos, al mismo tiempo que una explosión de dolor invade todo mi cuerpo. Una tormenta de sentimientos comienza a descargarse sobre mi mente.
- …has podido hacernos eso? ¿Cómo eres capaz de algo así? ¡Me das asco!, ¿me oyes? ¡Me das asco!
Las bombillas de las pequeñas lámparas de noche se apagan de repente, dejando la habitación sumida en la más absoluta oscuridad. Los ruidos, procedentes de unas pequeñas patas caninas, se atenúan hasta enmudecer, interrumpiendo brevemente el silencio que se apodera del hogar. Las sombras, más negras que la propia oscuridad, comienzan a fluir sobre mi cuerpo, en un virulento torbellino que me transporta fuera de la realidad. Las pupilas se afilan. La musculatura se contrae. Mi alma me abandona y el más maligno odio se adentra en mi ser.
- ¿Qué pasa ahora? ¿Qué estás hacien…
Con inhumanos movimientos, me apodero del cuerpo de mi mujer. Me coloco sobre ella, apresando su cuerpo entre mis dedos con la misma eficacia que las garras de un fiero animal. Aprieto su rostro con una mano, forzando un silencio que debe prevalecer. Sonrío, sonrío mientras mi otra mano desgarra su ropa interior, dejando al descubierto su más íntima feminidad. Y escucho ese sonido, una voz que ruge desde mi garganta como salida de alguna tenebrosa criatura que no tiene cabida en ningún lugar:
- ¿Lo quieres, puta? ¿Lo quieres? ¡Lo tendrás! – dice la voz que emerge de mis cuerdas vocales, sonando como mil voces gritando sin cesar.
La penetro. Con brutales convulsiones, me adentro en su intimidad, desgarrando su frágil sexo. Invadiendo su más protegida debilidad. Me introduzco en su cuerpo, en total ausencia de compasión. Sus gritos resuenan ahogados entre llantos de dolor. Las incesantes sacudidas repelen todo acto de amor, mientras percibo su miedo, su total aversión, a través de la mirada ausente que refleja en su rostro la sorpresa de la más impensable turbación. Sonrío, sonrío plácidamente, y eyaculo en su interior, sintiendo como los fluidos se funden con su desgarrado calor. Las sombras se desvanecen como la niebla iluminada por el Sol.
Me lanzo al suelo, perturbado ante la situación. Su llanto se acrecienta, mezclando ahora breves palabras que devastan cualquier resto de amor. Me grita, derrumbada sobre la cama, mientras permanezco arrodillado en el suelo, asimilando tan inquietante actuación. Escucho su apenada voz, siento su total humillación, al mismo tiempo que concibo con certeza plena que la locura ya no forma parte de mi dolor. Las lámparas se encienden nuevamente, iluminando la triste escena como si fuesen conocedoras de algún suceso revelador.
Se levanta del lecho, dirigiéndome una mirada que rebosa odio y temor en la misma medida. Comienza a coger, entre suspiros y llantos que bañan su rostro en lágrimas, varias prendas de ropa del interior del armario de la habitación. Después, sin ninguna vacilación, desaparece por la puerta dejando a su paso el estampido de la madera chocando violentamente contra el marco que sirve a su vez de sujeción. Se marcha, dejando mi atormentada alma a la deriva en un mar de confusión. Dejando mi vida en manos de la más absoluta consternación.
Grito, enojado hasta la extenuación, anhelando por vez primera a un Dios que hace mucho tiempo ya, me abandonó.
Sintiendo el más desquiciante dolor.
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CAP. II - ENTRADA 74
Cayendo al foso
Día 44 – 10:13 P.M. | A 322 días para la transformación
Aplasto el consumido cigarrillo sobre el cenicero que descansa en la mesa de la sala de estar. Sentado en el castigado sofá, con la mirada completamente ausente, intento encontrar una puerta de salida en el interior de mi aturdida mente. Una terrible sensación de gravedad me atormenta, se apodera de mí y me hace percibir una realidad que no consigo aceptar.
Me siento inmerso en una pesadilla, en una película de terror en la cual me he convertido en protagonista. Y sin embargo, la racionalidad me aplasta, derrumba los tambaleantes cimientos de mi ilógica mental, argumentando con tercos pensamientos que nada es real; que todo forma parte de una extraña enfermedad. Mis pensamientos fluyen en dirección opuesta a la verdad, del mismo modo que el más profundo pavor se alimenta de mi realidad.
Mi realidad, que se tambalea sin poderlo remediar a causa del calor que consume mi cuerpo. A causa de las punzadas de lacerante dolor, que hace días conquistaron toda mi cavidad bucal. Del sarpullido de mi vientre, que poco a poco adquiere un color blanquecino, y que se extiende en silencio por toda la superficie abdominal. De esas oscuras sombras que creo percibir, mientras mis ojos se consumen en llamas y mi cuerpo es dominado por algo ajeno a mí. Mi realidad, tan innegable para mis neuronas como los restos de ceniza del cigarrillo que acabo de consumir.
Mi pequeña. Mi niña, que hace dos noches lloraba muerta de temor, implorando la presencia de su protectora madre. “La cama da golpes, mamá”. Sus palabras resuenan turbadoras en mis oídos, del mismo modo que los latidos de mi cansado corazón. Traspasan las barreras de mi raciocinio, y devastan las sólidas bases de mi entendimiento. “La cama da golpes, mamá”. La escucho, vuelvo a oír su quebrada voz, y siento el más sobrehumano temor, la más desquiciante angustia. Me arrastra, me domina implacablemente desde mi más profunda intimidad. Me debilita, me abruma, me hace renunciar poco a poco a toda capacidad de repulsión.
Mi dulce pequeña. Mi pequeño amor.
Mi aterradora realidad.
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