Squizophrenia
Crónica de una transformación
CAP. I - ENTRADA 26
Problemas de salud
DÃa 16 – 04:59 A.M. | A 350 días para la transformación
Sentado en el borde de la cama, con la luz apagada, observo los brillantes números iluminados del despertador. El tenue resplandor que despiden, cubren mi cuerpo con una débil tonalidad rojiza.
No he dormido bien. Aún asÃ, mi cerebro parece que va asimilando poco a poco mis nuevos hábitos nocturnos. No estoy cansado, aunque los efectos del diazepam provocan una agradable sensación de distensión muscular en todo mi cuerpo. Con movimientos lentos, reposados, me pongo en pie y me dirijo hacia el cuarto de baño, en la oscuridad. Un trayecto que realizo cada dÃa, de lunes a viernes, desde hace catorce años, más o menos; no necesito luz, mi cerebro guÃa mis pasos con extrema precisión.
Termino la aburrida tarea de cubrir mi cuerpo con prendas de ropa: unos pantalones tejanos color azul desteñido, una camiseta interior de tirantes y un jersey de lana de cuello alto, color negro. Hace frÃo a estas horas de la noche, y no necesito más problemas para mis glóbulos blancos. Doy cuenta del acostumbrado cigarrillo, hago los últimos retoques a mi pelo y observo el interior de mi dolorida boca antes de marcharme a trabajar. Sea lo que sea lo que provoca el dolor, se esconde impasible allá dentro.
La calle está desierta. La temperatura debe rozar los cero grados, o incluso menos, a juzgar por la escarcha acumulada en los parabrisas de los vehÃculos estacionados en ella. Por suerte, yo pago mi plaza de parking religiosamente cada mes. Entro y me acomodo en el frÃo interior del coche, lo arranco y conecto el equipo de radio. Comienza a sonar la emisora que escucho habitualmente. Introduzco un chicle de menta en mi boca y de inmediato mi incesante castigo queda aliviado. Las ruedas del vehÃculo se ponen en movimiento.

El trayecto es corto, pues la distancia de mi domicilio a mi trabajo es de sólo doce kilómetros; unos diez minutos de viaje. Cerca ya de mi destino, a unos cien metros de una gasolinera próxima a mi empresa, observo las luces intermitentes de un coche que está parado en la cuneta, en mi misma dirección. Al aproximarme, distingo color, modelo y matricula del vehÃculo: es de mi responsable. Una inusitada sensación de satisfacción me embarga de repente. Detengo mi coche justo al lado, con el motor en marcha, y acciono el mando de la ventanilla derecha. El conductor del otro vehÃculo hace lo mismo con su respectiva ventanilla:
- ¿Qué te pasa? – pregunto, secamente.
- ¡Buenos dÃas!, Ya ves, he pinchado una rueda. El problema es que tengo las herramientas en el otro coche. Menos mal q…
- Ten cuidado no vaya a ser que te pase un camión por encima – le corto, con una sonrisa en la cara, mientras mi pie izquierdo comienza a presionar el pedal de embrague.
Las ruedas de mi coche se ponen en movimiento nuevamente.
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